20 de mayo de 2012

Apego: Tipología de sus Transtornos

Publicado el 17.1.2012


D
entro de todas las crías mamíferas que nacen en la naturaleza, ninguna es más dependiente, inmadura y vulnerable que la cría humana. Esto es debido al proceso evolutivo del que ha sido víctima, el cual le ha entregado la corteza cerebral, responsable de la capacidad humana para representar la realidad por medio del pensamiento simbólico. Sin embargo, como consecuencia de la corteza cerebral, el desarrollo del cerebro no puede completarse dentro del vientre materno, puesto que el tamaño que alcanzaría la cabeza haría imposible el parto (Barudy y Dantagnan, 2010). Dado este contexto, se justifican la dependencia, inmadurez y vulnerabilidad que poseen los bebés al momento de nacer, los cuales dan pie para que se cree un vínculo vital para la supervivencia y adaptación del niño en la vida extrauterina. Dicho vínculo es denominado como vínculo de apego, el cual se crea entre la cría y sus cuidadores.
No obstante, existen casos en los que este vínculo, por distintas razones, no se logra dar, llevando al niño a crear estrategias que le proporcionen una pseudoseguridad, en reemplazo de la seguridad que los padres no han podido entregarle. Estos vínculos de apego disfuncionales generan los denominados trastornos del apego, que pueden ser: trastorno del apego inseguro evitativo, trastorno del apego inseguro ansioso-ambivalente y trastorno del apego inseguro desorganizado. En cada uno de estos, el niño busca, de una u otra forma, suplir las incompetencias parentales de sus padres/cuidadores utilizando distintos medios para llamar la atención de estos o para protegerse de los comportamientos que le causan daño.

VÍNCULO DE APEGO
Durante la vida intrauterina, la madre establece un contacto especial y singular con el bebé, el que se basa primeramente en intercambios sensoriales, el cual poseerá muchos componentes biológicos, dado el desarrollo intrauterino de los sentidos y la memoria sensorial del bebé: sonido de la voz de la madre, olores, tacto, entre otros; a los que se suman los que ocurren apenas nace el pequeño, como lo son el reconocimiento de los olores y sabores por medio de la leche, el primer contacto de piel que tiene el niño con su progenitora, etcétera; creándose en el acto una relación afectiva, tal como dice Silvana Quattrocchi (1999) “tocar siempre implica ser tocado: siempre hay reciprocidad y la posibilidad de una relación” (P. 26).
Esta descripción corresponde a la dimensión adaptativa, que posee componentes de carácter biológico predispuestos para la supervivencia. Desde la perspectiva del bebé, surge como un mecanismo adaptativo que busca obtener los cuidados de sus figuras de apego que aseguren la subsistencia de éste. Mientras que en los padres, nace como una predisposición biológica a cuidar de las crías.
Como es posible evidenciar, se va creando poco a poco una relación en coordinación mutua de carácter bidireccional, en donde la figura de cuidado del bebé es estable y preferencial por sobre el resto de las personas. Esta descripción corresponde a la dimensión relacional del apego.
Ambas dimensiones permiten el desarrollo de una impronta, que corresponde al “proceso mediante el cual una cría y su progenitor se reconocen como parte de un mismo mundo sensorial, lo que despierta emociones placenteras y seguras cuando están juntos y dolorosas cuando uno de los dos desaparece o daña al otro.” (Barudy y Dantagnan, 2010. P. 38)
El establecimiento de esta impronta, si es adecuada, facilitará la antesala para el desarrollo de un apego seguro, ya que funcionará como un modelo de vínculo para la cría, permitiendo a los niños sentirse en un ambiente protegido en el cual desarrollarse. De ser así, obtenemos, como dice Mayorie Dantagnan, un apego sano, el que evoca

Sentimientos de pertenencia a una relación donde el niño o niña se siente aceptado y en confianza. Los padres, por quienes el niño siente un apego seguro, son interiorizados como fuente de seguridad. A partir de aquí el niño o niña podrá sentir placer por explorar su entorno, construyendo poco a poco su propia red psico-socio-afectiva. (2005. P. 166)

Esta unión invisible que se establece ente madre e hijo se irá expresando durante toda la infancia en base a la interiorización de la figura de apego, mostrándose en el pequeño como la necesidad de proximidad hacia esta figura estable y disponible, pero que a su vez se encuentra separada de sí mismo, lo cual le entrega la seguridad necesaria para explorar su entorno, ya que confía en éste y en él mismo al saberse resguardado, en caso de contrariedades, por su cuidador. La imagen que se crea de éste de manera interna en el niño se muestra como una imagen que se encuentra siempre presente, incluso en su ausencia física.
Es aquí donde radica la importancia del apego, ya que sin él no es posible que se cree la seguridad de base o confianza básica, que permitirá el futuro desarrollo de recursos para convivir en sociedad, pertenecer a un grupo e incluso manejar emociones difíciles como pérdidas o rupturas.

NECESIDADES BÁSICAS INFANTILES Y PARENTALIDAD
Para lograr un ambiente seguro y estable donde el niño pueda desarrollarse, es preciso que las necesidades básicas del pequeño estén garantizadas. Éstas obedecen a aquellas necesidades imprescindibles para el completo desarrollo del niño, las que van desde las necesidades de corte fisiológico hasta las ligadas al desarrollo psicosocial (Barudy, 2005; Barudy y Marquebreucq, 2006; Arón y Machuca, 2007).

  1. Necesidades Fisiológicas. Éstas hacen alusión a las necesidades básicas, como alimento, vestido, medicinas y alojamiento, que garanticen la calidad de vida y permanencia del niño.
  2. Necesidades Psicosociales. Se distinguen cuatro:
  • Afectivas. Buscan garantizar la satisfacción de la necesidad de seguridad, aceptación, estabilidad, reconocimiento y confirmación del infante, creado en base a un ambiente sano en donde el niño se sienta importante y libre de expresarse.
  • Cognitivas. El niño debe vivir en un ambiente que propicie el desarrollo de sus capacidades cognitivas de estimulación, experimentación y refuerzo, un ambiente en donde se mueva a explorar, conocer y aprender a relacionarse con el medio que le rodea.
  • Sociales. Se persigue que el pequeño alcance su independencia e inmersión en la sociedad, para lo cual se le transmiten y enseñan las normas y reglas sociales para ejercer como miembro de un sistema social, inculcándole el respeto por éstas, el concepto de convivencia, deber y responsabilidad, para que se sienta considerado y reconocido como un “legítimo otro”.
  • Valóricas. Se pretende que el niño se sienta actor en la construcción de su cultura. Los valores le dan sentido a las normas, por lo que es de vital importancia para el pequeño interiorizar las reglas sociales de forma positiva, ya que esto garantizará que se sienta digno, orgulloso y confiado de los adultos que compone su comunidad, además de entregarle las bases del respeto hacia la vida, hacia los seres vivos y hacia sus pares.

Estas necesidades son satisfechas por los padres y/o cuidadores a través de las competencias parentales, entendidas como las capacidades que poseen los adultos para garantizar la protección de los niños, el cumplimiento de las necesidades de estos y el aseguramiento de su desarrollo sano (Arón y Machuca, 2007).
“Las capacidades parentales se conforman a partir de la articulación de factores biológicos y hereditarios y su interacción con las experiencias vitales y el contexto sociocultural de desarrollo de los progenitores o cuidadores de un niño o una niña.” (Barudy y Dantagnan, 2010). En otras palabras, las competencias parentales irán ligadas incondicionalmente a los factores hereditarios, a la cultura y a la historia personal de cada persona, siendo su fin último la protección del niño.

FAMILIA NEGLIGENTE
Sin embargo, no es posible que se dé un apego sano y seguro si los padres y/o cuidadores son negligentes, esto porque no cuentan con las competencias parentales necesarias. Cuando entregan ineficientemente los cuidados que los niños necesitan, nos encontramos frente a lo que Barudy (1998) denomina como familia negligente, en donde los padres presentan fallas importantes en sus funciones parentales. Siguiendo la línea de Barudy (1998), estos defectos surgen de la mezcla de tres dinámicas:

  1. Negligencia Biológica, generada por un trastorno del vínculo que se produce a nivel de los componentes biológicos. La madre y el hijo no se reconocen ni se relacionan por una ausencia del vínculo invisible. En otras palabras, se da por un fracaso en el proceso de apego.
  2. Negligencia Cultural, generada por padres portadores de modelos de crianza peligrosos para el niño, los que son transmitidos de generación en generación y que contienen creencias culturales que arriesgan incluso la vida del pequeño. A esto se suma la falta de información, educación e interpretación de los padres y cercanos, respecto de las necesidades y exigencias del bebé.
  3. Negligencia Contextual, que surge ante la ausencia e/o insuficiencia de recursos en el ambiente en donde se desarrolla la familia. Estos se vinculan con la pobreza y la exclusión social, asociándose además con el caótico funcionamiento familiar.

En este contexto se puede evidenciar que las competencias parentales no dan abasto, ya que los padres no logran o no pueden cubrir las necesidades básicas de sus hijos. Los padres negligentes no cuentan con la flexibilidad, capacidad de apego, empatía, modelos de crianzas ni potencial de adaptación necesarias para solventar las exigencias de los niños. Al fracasar de este modo, los niños se ven en la necesidad imperante de buscar la forma de cubrir sus exigencias o de llamar la atención de sus cuidadores, para alcanzar la seguridad que necesitan en su desarrollo.

TRASTORNOS DEL APEGO
Cuando los lazos entre cuidador e hijo no logran cubrir las necesidades de este último, se habla de alteraciones o trastornos del vínculo de apego. El niño al no ver satisfechas sus necesidades, entra en un estado de ansiedad que lo mueve a buscar en su cuidador aquella carencia que este mismo le ha generado por su incompetencia parental. Cabe destacar, que estos trastornos se vinculan generalmente con los malos tratos hacia el pequeño, tal como afirman Barudy y Dantagnan “en los malos tratos siempre hay trastornos de apego” (2005. P. 167).
Dichos trastornos acarrean consecuencias en el futuro comportamiento de los niños, tanto a nivel escolar como a nivel relacional, lo que desencadena especialmente en el ámbito social, ya que perjudican gravemente las capacidades que estos poseen para vincularse de manera positiva con el resto de las personas (Barudy y Dantagnan, 2005).
En los apegos disfuncionales lo que falla básicamente es el establecimiento de la seguridad de base, ya que en el momento de la interiorización de la figura de apego, se crea una imagen de éste que no proporciona la serenidad necesaria, destacándose por mostrarse como cuidadores inaccesibles, contradictorios, hostiles, etcétera, por lo que el niño en su necesidad de sentirse a salvo, creará distintas estrategias adaptativas para alcanzar una pseudoseguridad.

TIPOLOGÍA DEL TRASTORNO DEL APEGO
A partir de la clasificación realizada por Maryorie Dantagnan (2005), que a su vez se basa en los estudios de Mary Ainsworth (1978) y Main y Salomon (1986), es posible distinguir tres tipos de apegos disfuncionales, en donde se sitúan las diferentes estrategias utilizadas por los niños frente a las distintas interiorizaciones que realizan de sus figuras de apego y los mecanismos que tienen para protegerse de las negligencias parentales.

1. APEGO INSEGURO EVITATIVO
Dentro de este grupo se encuentran los niños que utilizan como mecanismo de autoprotección el “evitar o inhibir los elementos conductuales que buscan la proximidad con su figura de apego” (Barudy y Dantagnan, 2005. P. 168), ya que las respuestas de dicha figura generan estrés, angustia y dolor, además de no satisfacer sus necesidades afectivas, por lo que, para evitar dicha tensión o la falta de respuestas ante sus requerimientos emocionales, opta por evadir la cercanía hacia éste (Arón y Machuca, 2007).
Ante el constante rechazo, la escases de disponibilidad emocional y las amenazas de abandono que surgen del cuidador cuando el pequeño busca obtener cuidados, alivio y protección, el niño demandará poco a su madre (disminuyendo la tensión en ésta) lo que ocasionará que las posibilidades de rechazo disminuyan. En consecuencia de esto, el infante falsificará o disfrazará sus propias vivencias, lo que le permitiría un máximo de disponibilidad de su madre con un mínimo de rechazo o angustia: “la inhibición de signos afectivos tiene el efecto predecible de reducir el rechazo maternal y la rabia, así como enseñar al bebé que la expresión del afecto es contraproducente” (Crittenden, 1995 citado en Barudy y Dantagnan, 2005. P. 169). Estos niños cumplen con ser “buenos”, poco demandantes y autosuficientes, lo que les garantizará mayor proximidad hacia la madre y una mejor disposición de ésta, acentuando de esta forma su autonomía, el encubrimiento de sus necesidades y sus deseos de estar cerca del otro (Barudy y Dantagnan, 2005).
Dentro de este cuadro, los cuidadores se caracterizan por mostrar hacia el niño una mezcla de angustia, rechazo, repulsión y hostilidad, lo que se expresa en las conductas controladoras, intrusivas y sobreestimulantes. Estos padres se sienten amenazados por los estados emocionales del bebé, los cuales le incomodan y/o tensionan, por lo que, para aliviar dicha tensión, negarán las necesidades de su hijo, respuesta que los lleva a distanciarse del estado emocional del niño y a darles una lectura propia que distorsiona las vivencias del bebé, convirtiendo aquello que parece una amenaza en una situación controlable (Barudy y Dantagnan, 2005).
Dada esta ausencia de sintonía emocional con su cuidador primario y las experiencias de rechazo que éste le ha entregado, se ha convencido de que posee escaso valor como persona, lo que le impide tener confianza en sí mismo y en lo que los demás le puedan entregar. Esto se ve reflejado en su baja autoestima, lo cual discrepa del cómo se muestran/representan ellos mismos hacia el resto: para las personas, ellos son fuertes, capaces de controlarlo todo y con una mínima dependencia hacia las relaciones (Barudy y Dantagnan, 2005). No obstante, están constantemente deseando ser aprobados y reconocidos por la gente que le rodea, para lo cual utilizan la denominada respuesta “camaleónica”, cuyo fin es reconocer el registro emocional del otro y lo que éste espera “escuchar”, para lograr así complacerlo y obtener su aceptación: “para estos niños, ser aprobados es ser queridos” (Clittenden, 1992, 1995 citado en Barudy y Dantagnan, 2005. P. 173). Al abordar situaciones afectivas lo hacen desde el otro (lo que hizo, dijo, etcétera), evitando ser protagonistas, debido a que piensan que si demuestran lo que sienten terminarán siendo rechazados.
La escuela es un lugar en donde los niños pasan gran parte de su tiempo, por lo que han de desarrollar un comportamiento acorde con su forma de relacionarse con el medio. Los niños con este estilo de apego muestran gran interés por las actividades escolares con poca interacción social (individuales por lo general) en donde se destacan por obtener grandes logros académicos, los que le permiten captar y mantener la atención de sus padres, además de alejarlos de los lazos socio-afectivos. Se centran constantemente en los temas relacionados con el colegio y todo lo que a este incumbe, por lo que la mayoría del tiempo sus conversaciones girarán en torno a este tema. Comúnmente, pasan desapercibidos, esto gracias a la escasez de participación dentro del aula: no provocan ni molestias ni preocupación en el profesor. Suelen llevarse bien con todos sus compañeros, pero sin crear mayor intimidad con el curso, entendiendo lo que a los otros les ocurre, pero viéndose imposibilitados en entenderse a sí mismos a nivel emocional. Esta falta de comprensión hace que se muestren como hostiles y antisociales, gatillado por los problemas conductuales (durante la adolescencia) relacionados con la incapacidad de afrontar sus propias emociones.
En general, estos niños se destacan por ser autónomos, centrándose en el ámbito académico para evitar los lazos afectivos y sociales, lo que les permite a su vez satisfacer a sus padres/cuidadores, quienes entregarán el máximo de atención y proximidad hacia él, con el mínimo de angustia posible.

2. APEGO INSEGURO ANSIOSO-AMBIVALENTE
En este tipo de apego, la estrategia que toma el niño para obtener una pseudoseguridad será aumentar las conductas de apego (llorar, gritar, jadear, entre otros), a diferencia de los niños con trastorno de apego inseguro evitativo, que inhibían sus necesidades para evitar la angustia y mantener cercana a su figura de apego.
Esta estrategia nace por las características que presentan los padres/cuidadores, quienes han fallado en satisfacer las necesidades emocionales y físicas del bebé, al haberlas ignorado por periodos prolongados de tiempo. La madre está ausente emocional, física y psicológicamente, mostrándose incoherente, variable e impredecible, lo que provoca en el niño una sensación de incertidumbre, ya que éste no sabrá cómo y cuándo vendrá su madre a satisfacer sus necesidades, debido al carácter cambiante que sus respuestas poseen, tanto en intensidad como en contenido. Los padres se muestran como negligentes física y emocionalmente, además de volverse intolerantes ante las continuas exigencias de sus hijos.
Ante esta situación, el niño carecerá de una conexión secuencial que le permita suponer control sobre el medio, ya que no habrá una relación clara y directa entre lo que él hace y lo que su madre responde, originándose así una sensación de abandono, soledad e impotencia que desencadenarán una angustia tremenda. Para sobrellevar dicha situación, el niño aumentará y persistirá en su demanda, lo que hará reaccionar, aunque no inmediatamente, a su madre, creándole la ilusión de seguridad, provocando en el infante un sentimiento de ambivalencia entre ser “pegajoso”, lo que produce el rechazo de su madre, y ser agresivo, lo que también genera rechazo y amenazas de abandono, lo cual tendrá como consecuencias el representar al otro como alguien desinteresado y poco disponible. Esto repercutirá negativamente en el autoestima, autoconcepto y en la visión del mundo que posee el niño, llevándolo a buscar constantemente una “fusión relacional” por sobre la autonomía (Barudy y Dantagnan, 2005).
Las familias en las que estos niños se desenvuelven se caracterizan por ser negligentes y con falta de competencias parentales, todo inmerso en un entorno caótico, mezclado, con poca estructura y jerarquía entre los miembros de la familia, y con carencias afectivas. Dado esto, los niños no sabrán identificar sus sentimientos y se sentirán abandonados, con una constante preocupación y ansiedad por el interés y la disponibilidad emocional de los demás hacia él. Por lo general, esto se origina cuando las madres tratan de satisfacer sus propias necesidades afectivas por medio de la maternidad, sin embargo, de no resultarles, la tarea de madre se vuelve estresante, lo que mella en sus habilidades parentales, volviéndose negligente ante la sensación de ineficacia que le provoca el no poder cumplir con su rol (Barudy y Dantagnan, 2005).
Este caos en el que se desarrolla el niño, lo moverá a crear estrategias coercitivas en pro de dominar algo su mundo, involucrando además al otro activamente en su vida. Por una parte, reclamarán la negligencia de los padres, a lo que algunos responderán con violencia o amenazas de abandono (estrategia coercitiva-agresiva); mientras que por otro lado, mostrarán una excesiva dependencia o encanto, buscando la lástima y compasión del adulto (estrategia coercitiva-indefensa). Estas estrategias serán utilizadas para interactuar y llegar al otro, volviéndose él mismo el centro de atención, lo que lo llevará a entrar rápidamente en conflicto relacionados con celos, posesión, deseos de exclusividad, entre otros, al no poder controlar su emocionalidad, incitado por su afán en sentirse aceptado y reconocido por el grupo. Esto repercutirá en su vida social, escolar, etcétera (Barudy y Dantagnan, 2005).
Dado que desde pequeño el niño se vio expuesto a incoherencias en el medio, su desarrollo cognitivo se verá severamente dañado en el terreno socio-afectivo, esto porque los niños son incapaces de organizar su conducta en base a la predicción de la respuesta de su cuidador, por lo que no podrá reflexionar sobre cómo alcanzar objetivos: “las distorsiones cognitivas, las interpretaciones o lecturas erróneas de lo que ha ocurrido en la relación estarán muy presentes” (Barudy y Dantagnan, 2005. P. 181). Esto desencadenará en un bajo rendimiento y bajo nivel de concentración del niño dentro del aula, volviéndolos inquietos y con problemas conductuales que llevarán al docente a demandar constantemente su atención. Estos niños gastan su energía en el terreno afectivo, empobreciendo el aprendizaje en sí, por lo que es normal encontrar en ellos fracasos escolares, bajo rendimiento, trastornos del aprendizaje, trastornos de déficit atencional y trastornos de hiperactividad (Barudy y Dantagnan, 2005).
En resumidas cuentas, estos niños se mostrarán como sujetos activos que mediante el aumento en la demanda de la atención del otro tratarán de llenar el vacío que sus padres han dejado a nivel emocional, intentando crear una pseudoseguridad en base a la aprobación del otro y lo que éste piense sobre él.

3. APEGO INSEGURO DESORGANIZADO.
Tal como lo dice el nombre, estos niños son víctimas de constantes cambios y de una falta de “organización” en el medio que le rodea. Sus figuras de apego no representan una fuente de seguridad y alivio, por lo que el niño no sabrá cómo crear una pseudoseguridad, yendo de una estrategia a otra para alcanzar algo de control sobre su entorno, mezclando características del apego inseguro evitativo, del apego inseguro ansioso-ambivalente e, incluso, del apego seguro.
El ambiente donde estos niños crecen se caracteriza por tener padres con altos grados de incompetencias parentales, que suelen tener como antecedente en su vida severos procesos traumáticos y pérdidas significativas durante ésta. Estos padres se muestran ante sus hijos como violentos e impredecibles, presentando psicopatologías y/o consumo de alcohol o drogas a lo largo de su vida, lo que les impide crear un patrón que pueda dar coherencia y control por parte del bebé hacia su mundo, transformando el apego en una paradoja vital inasequible para el niño:

Cuando el bebé intenta acercarse y buscar respuestas de su figura de apego para satisfacer sus necesidades físicas y afectivas, provocará ansiedad en ésta. Por el contrario, si se aleja, también la figura de apego se sentirá provocada, y canalizará su ansiedad mediante comportamientos hostiles y de rechazo.(Barudy y Dantagnan, 2005. P. 191).

De acuerdo a esto, los niños crean un perfil de sí mismos como malos y no merecedores de amor, producido por la falta de seguridad y afectividad que le entregan sus padres, los que a su vez, se transforman en su fuente de temor. Esto repercute profundamente en su forma de representar al otro (inaccesible, peligroso y abusador) y en la manera de ver todo lo relacionado con el terreno interpersonal, el cual se convertirá en fuente de un intenso miedo crónico, ya que los continuos y repentinos cambios que viven lo llevarán a desgastar “sus capacidades de vincularse, de confiar y de creer en él mismo y en los otros” (Barudy y Dantagnan, 2005. P. 192).
Esta falta de control y comprensión de lo que ocurre a su alrededor, llevará a que los niños sean en ocasiones agresivos y demandantes, mientras que en otras pueden ser complacientes hacia el resto, o incluso, se inhiben profundamente para volverse “invisibles” para los demás, todo en pro de adaptarse al medio. También bloquearán sus recuerdos traumáticos y dolorosos, almacenados en la memoria de forma fragmentada no verbal, lo que los llevará a “idealizar” a sus padres para mantenerlos cerca, a pesar de sus negligencias.
En cuanto al contexto escolar, estos niños muestran grandes dificultades para respetar el espacio aula, mostrando relevantes trastornos de comportamientos, especialmente en el plano social. Se presentan como alteradores de la paz o agresores, o expresando una excesiva inhibición o aislamiento, siendo rechazados en ambos casos por el grupo curso. En cuanto al profesor, como figura de autoridad, se vuelve víctima de faltas de respeto, agresión física o verbal, además del intento persistente de probar los límites establecidos, por lo que no pasan como uno más en el curso. A esto se suma su bajo rendimiento académico, lo cual se explica por los daños que ha sufrido a nivel cognitivo por causa de los maltratos y traumas vividos. De esto se desprende que tanto el trastorno de déficit atencional como el trastorno de hiperactividad sean típicos dentro de este marco, ya que “la cronicidad de situaciones traumáticas lleva a que el cerebro crea que los próximos eventos serán también traumáticos. De aquí la necesidad de estar en constante alerta.” (Van der Kolk, 2001 en Barudy y Dantagnan, 2005. P. 196).
Como consecuencia de las distintas estrategias que toma el niño para aliviar su angustia y ansiedad, es posible identificar subdivisiones dentro del estilo de apego inseguro desorganizado.

i) Apego Desorganizado Controlador (Cassidy y Marvin, 1990). El niño busca lograr y mantener el acceso a las figuras de apego, pero sin intimidad. Varios autores plantean que el pequeño crea una estrategia compensatoria para defenderse de las agresiones o hacer frente a las deficiencias parentales (Clittenden, 1992; Solomon y George, 1999; Main y Cassidy, 1988 citados en Barudy y Dantagnan, 2005. P. 197). Se distinguen tres subdivisiones:

  • Punitivo o Agresivo. El temor e incomprensión sobre el medio lleva a estos niños a canalizar su rabia agrediendo y haciendo daño a quienes le rodean, tomando el control por este camino: “el único modo que aprenden para actuar recíprocamente con otros está basado en la agresión y la violencia” (Keck y Kupecky, 1995 citado en Barudy y Dantagnan, 2005. P. 198).
  • Cuidador Compulsivo. Movidos por la sensación de control y la cercanía con sus figuras de apego, estos niños ofrecerán los cuidado que sus padres no les han entregado, por medio de tareas hogareñas, entre otras (Barudy y Dantagnan, 2005).
  • Complaciente Compulsivo. Los niños con este estilo buscan constantemente complacer a sus cuidadores, dejando de lado sus propias necesidades afectivas.

ii) Apego Desorganizado Desapegado (Zeanah, 1996). Como resultado de la ausencia de relaciones afectivas duraderas y continuas en el tiempo, o lo denominado como “síndrome del peloteo” (Barudy y Dantagnan, 1999) en donde los niños van constantemente de una casa a otra, lo que les impide crear relaciones de apego selectivas, el niño no es capaz de fundar relaciones afectivas profundas ya que ha agotado o anulado sus habilidades y capacidades para vincularse y construir relaciones (Barudy y Dantagnan, 2005). Se distingue dos subdivisiones:

  • Desinhibido o Indiscriminado. Son niños que muestran poco afecto e interés en las relaciones de corte social, replegándose sobre sí mismos la mayor parte del tiempo. Pueden manifestar comportamientos autísticos sin serlo, lo que muchas veces gatilla diagnósticos erróneos que los estigmatizan de por vida (Barudy y Dantagnan, 2005).
  • Inhibido. Los niños con este estilo de apego frecuentemente son aquellos que han vivido desde temprana edad en instituciones de acogida. Se caracterizan por mostrar un afecto confuso y poco criterio hacia los extraños, en donde las relaciones poseen escaso valor e importancia y son más bien de carácter funcional, por lo cual se les dificulta establecer relaciones afectivas significativas (Barudy y Dantagnan, 2005).

A modo de resumen, estos niños traspasan la forma caótica en la que viven a su manera de comportarse, actuando de tantas modos como le sea necesario para conseguir algo de “orden” y control dentro de su vida.

CONCLUSIÓN
Por lo general, cuando se habla de apego, se utiliza la acepción relacionada con el vínculo de dependencia afectiva que tiene un niño y su madre. Sin embargo, esto va más allá, debido a que dicha relación posee una dimensión vinculada a la sobrevivencia del pequeño. No se puede olvidar que los niños se desarrollan primeramente en un ambiente completamente distinto, la vida prenatal, en donde recibe todo cuanto necesita (alimento, cobijo, protección, etcétera). Una vez que comienza su vida posnatal, se ve inmerso en un cambio radical, ya que ahora comenzará a sentir necesidades que antes eran cubiertas. Para lograr sobrevivir y adaptarse de manera óptima a este “nuevo mundo”, necesita a su madre o cuidadora, que le entregará todo cuanto necesita para desarrollarse. Este vínculo que se crea posee una dimensión afectiva y adaptativa que van de la mano, puesto que ambos son vitales para el desarrollo del bebé.
Si este vínculo se crea favorablemente, el pequeño logrará desarrollarse y adentrarse en todos los ámbitos de la vida ya que se sentirá seguro de sí mismo y de quienes le rodean: podrá dominar lazos afectivos, ingresará al plano social, entre otros. No obstante, existen situaciones en las que este vínculo no se dará, por distintas razones, lo que repercutirá profundamente en el desarrollo del niño. Estos son los llamados trastornos del apego.
En estas situaciones, el niño buscará diferentes formas para alcanzar una pseudoseguridad que le permita cubrir las necesidades básicas que siente, como comida, afecto, entre otros, creando distintas estrategias para llamar la atención de sus padres que actúan de manera negligente. Hasta ahora se han detectado tres grandes tipologías del apego inseguro, en donde se encasillan los niños con características similares y que poseen trastornos del apego. De esta forma, se busca poder, de acuerdo a su forma de ver el mundo, ayudar y brindar el apoyo a estos niños, cubriendo aquellas necesidades que les agobian. Sin embargo, dado el carácter variante en cuanto a su reacción, se debe ser extremadamente cuidadoso, ya que se pueden dar diagnósticos erróneos al haber confundido algunos de los síntomas de estos niños con cuadros patológicos. Si esto llega a suceder, el niño será marcado de por vida y estigmatizado, lo que además no permitirá entregar la ayuda correcta y oportuna.
Es nuestro deber como psicólogos y adultos en sí, proveer la ayuda adecuada para estos niños, ya que debemos entregarles las herramientas para que se entiendan a sí mismos y a sus caóticas emociones que no han sido distinguidas y guiadas correctamente. Esto debe hacerse de forma lenta y sutil, acompañada de cariño, paciencia, persistencia, constancia, perseverancia y firmeza, ya que en nuestra relación con ellos les mostraremos una forma de vincularse que puede marcarlos y ayudarlos, reparando, no cambiando, su forma de ver las cosas, para que sea lo menos destructivo posible.

Referencias Bibliográficas.

Arón, A. & Machuca, A. (2007) Promoción del Buen Trato, Unidad III. Santiago: Salviat Editores.

Barudy, J. (1998) El Dolor Invisible de la Infancia. Una lectura ecosistémica del maltrato infantil. Barcelona: Gedisa Editorial.

Barudy, J. & Dantagnan, M. (2005) Los Buenos Tratos a la Infancia. Parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa Editorial.

Barudy, J. & Dantagnan, M. (2010) Los Desafíos Invisibles de ser Madre o Padre. Manual de evaluación de las competencias y la resiliencia parental. Barcelona: Gedisa Editorial.

Barudy, J. & Marquebreucq, A. (2006) Hijas e Hijos de Madres Resilientes. Traumas infantiles en situaciones extremas: violencia de género, guerra, genocidio, persecución y exilio. Barcelona: Gedisa Editorial.

Quattrocchi, S. (1999) Un Ser Humano. La Importancia de los Primeros Tres Años de Vida. Santiago: Editorial Cuatro Vientos.


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